Amused to Death – Roger Waters (1992)
La locura del sonido
Hay discos que no se escuchan: se atraviesan. Amused to Death es uno de ellos. No entra de golpe ni busca seducir con estribillos inmediatos; se instala despacio, como una conversación incómoda que empieza en voz baja y termina mirándote fijamente a los ojos. Roger Waters no quería hacer un álbum más después de Pink Floyd. Quería dejar constancia de algo que le dolía, que le indignaba y que, en el fondo, le daba miedo: la forma en que la humanidad aprende a mirar la violencia como entretenimiento.
Desde el primer segundo, con el sonido del televisor encendiéndose y apagándose, Waters nos coloca en el centro de su tesis: la guerra, el poder y la tragedia convertidas en espectáculo. El título, Amused to Death (“Divertidos hasta morir”), tomado del ensayo de Neil Postman, no es una metáfora elegante; es una acusación directa. Nos estamos riendo, distrayendo, consumiendo imágenes mientras el mundo se desangra en segundo plano.
