Anoche salí del Teatro Emilio Gavira con esa sensación que no se tiene todos los días, como si hubiera estado en algo más grande que un simple concierto. IM-PULSE vino a Alcázar de San Juan y, sinceramente, no vinieron a hacer un tributo sin más… vinieron a meternos dentro de Pink Floyd.
Desde que empezó aquello ya se notaba que iba en serio. No hubo prisas ni estridencias, todo muy medido, muy cuidado, creando ambiente poco a poco, como tiene que ser. Cerrabas los ojos y era fácil olvidarse de dónde estabas.
El repertorio fue un viaje de los buenos. Temas que todos conocemos, pero tocados con respeto y con gusto. La guitarra, los teclados… todo encajaba. De esos conciertos donde nadie molesta, donde la gente escucha de verdad, donde se respira ese silencio que solo pasa cuando todo el mundo está dentro de la música.
Pero si hubo un momento que se me quedó clavado, fue “The Great Gig in the Sky”. Ahí pasó algo especial. Las dos coristas estuvieron simplemente brutales. No fue solo cantar bien —que lo hicieron de sobra—, fue cómo lo sintieron. Hubo momentos en los que se te ponía la piel de gallina de verdad. Esa mezcla de fuerza y emoción, esos subidones de voz que te atraviesan… fue de lo mejor de la noche, sin duda.
La parte visual también acompañó mucho. Luces, proyecciones… sin ser exagerado, pero lo justo para meterte aún más dentro. Todo sumaba.
Y el final… pues como tenía que ser. La gente en pie, aplaudiendo con ganas, sabiendo que lo que acabábamos de ver no es lo habitual. Yo, al menos, salí con la cabeza todavía sonando y con esa sensación de haber desconectado de todo durante un rato.
IM-PULSE lo hizo muy bien. Muy, muy bien. Pero sobre todo, hicieron algo que no es tan fácil: emocionar.
Sr.X

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